Los mártires de Charlie

¿qué es lo que hace que este crimen contra periodistas llegue hasta la cima, sea visibilizado en el epicentro de la emisión de narrativas hegemónicas, y otros tantos otros no? ¿Cuál es el criterio de noticiabilidad y visibilidad?
¿qué es lo que hace que este crimen contra periodistas llegue hasta la cima, sea visibilizado en el epicentro de la emisión de narrativas hegemónicas, y tantos otros no? ¿Cuál es el criterio de noticiabilidad y visibilidad?

 

Lo de Charlie Hebdo resuena y nos interpela particularmente porque en este momento, aquí, en América Latina, estamos también debatiendo el rol de los medios de comunicación en la elaboración de narrativas y estereotipos que conforman, o cuanto menos ordenan, la realidad. Y, además, porque nuestra elite siempre ha mirado a Europa, particularmente a Francia, para saber qué pensar (y en qué pensar, y cómo).

Lo primero que hay que analizar es el contexto de este atentado. Se trata de un contexto de resurgimiento neo-fascista, xenófobo y racista en Europa, donde los inmigrantes de origen musulmán son sistemáticamente discriminados y excluidos. Hemos visto a través de los noticieros, particularmente en Francia, los frecuentes riots en las calles de París protagonizados por los jóvenes de los barrios periféricos; jóvenes provenientes de obscuros orígenes tercermundistas, en su mayoría musulmanes: son los llamados ciudadanos de segunda (second-class citizens) protestando esta categorización y reclamando (aullando) respeto. Frente a este escenario, tenemos a Marine Le Pen en ascenso (la extrema derecha). Y el mismísimo Hollande, quien fue contratado votado para rebelarse o al menos resistir la ignominiosa presión de Alemania, ahora se lo ve cada vez más agitado por complacer a su cambiante electorado, haciendo ampulosos gestos hacia la derecha.

En términos comunicacionales, ¿cómo circulan los mensajes de una publicación como Charlie Hebdo en este contexto? ¿Se limita a ser un “chiste privado” entre los burgueses liberales, ateos, franco-franceses, post-existencialistas y posmodernos? ¿O bien circula públicamente, excediendo ese circuito y llegando a ojos y oídos de los mismos referentes de ese mensaje, cercados por la exclusión y la carencia, y que además poseen competencias culturales (o, si se prefiere, marcos de interpretación) muy diferentes a dicha elite franco-francesa?

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En estos días, se han visto circular algunas versiones de la “teoría de los dos demonios”, pero este enfoque excluye los ejes de colonialismo y exclusión social como coordenadas primordiales de análisis.

El problema con estas teorías de los dos demonios es que se trata de ciudadanos que, al menos nominalmente, son del mismo país… ¿Eso es Terrorismo? Cabría preguntarse, en este sentido, entonces, un estadounidense blanco, joven, hétero, protestante, etcétera, que acribilla a veintenas de inocentes en un cine, escuela, jardín o universidad: ¿qué es? ¿No es el terrorismo una práctica que busca, precisamente, sembrar el terror mediante acciones desmedidas y azarosas? Pues este no fue el caso de París. Lo de Charlie Hebdo, en efecto, fue diferente: cada bala tenía un destinatario con nombre propio, en oposición a una bomba o un “loco suelto” que mata y hiere a gente al azar.

¿O acaso Charlie Hebdo habla en nombre de todo occidente y esos dos “loquitos” representan a todos los musulmanes? ¿El “je ne suis pas Charlie” no tendrá que ver con despegarse de ese discurso insidioso del ateísmo militante que ofende y agrede a discreción, bajo el paraguas de la muy elitista y selectiva libertad de expresión?

Supongamos que yo fuera un -muy perverso y cínico- operador de la derecha internacional o local en Francia: quizás buscaría en este momento (en que el petróleo baja y mis mediciones electorales también) reforzar la imagen negativa del “mundo árabe musulmán” haciendo lo que mejor sé hacer (siglos de ejercicio colonizador no pasan en vano): fogonear las intensidades culturales, remarcar constantemente la brecha, resaltar las diferencias, machacar estereotipos denigrantes y salpicarlos con sospechas. Constantemente. Y si se puede en modo de chiste mejor, porque todos sabemos que el chiste se dice en serio pero quita al otro la posibilidad de ofenderse, resguardando al chistoso en una estratagema cobarde y vil. (Especialmente cuando el burlón y el burlado tienen una relación asimétrica de poder).

Si yo fuera este ser, repito, ¿qué mejor vehículo que Charlie Hebdo como agente provocador/disparador, que (a) ya había recibido bombas y amenazas y (b) sus miembros y colaboradores presentan antecedentes políticamente correctos, intachables (muchos comunistas declarados)? Es perversamente brillante. La ofensa empuja a la acción, luego tres o cuatro des-quiciados se hacen cargo –no de cualquier modo, sino respondiendo exacta y puntualmente a cada rasgo del estereotipo que los humoristas gráficos mismos ayudaron a delinear y colorear.

Y así, los periodistas mueren como mártires de su causa, la república, la democracia, la supremacía atea, etcétera. Porque ellos sabían a lo que se exponían y lo hicieron de todos modos, como los antiguos mártires cristianos que morían valientemente por sus ideales.

Ergo, desde este punto de vista –perverso y cínico, sin dudas–: ¿no vendría como anillo al dedo para justificar un endurecimiento autoritario de derecha (y alguna que otra represalia por mano propia), un gobierno más vigilante, más presiones y cercenamiento de derechos de los inmigrantes y, en el ámbito de la política exterior, apretar un poco más la bota contra las naciones musulmanas en general?

Con esta generalización, pues, gana la derecha (votos, petróleo, poder, legitimidad, posiciones) y pierde mucho el inmigrante, así como el habitante de tierras lejanas, pero ricas en petróleo, de raigambre musulmana.

Sin dudas, estos eventos ponen en juego nuestra capacidad de comprensión histórica y nos replantea los límites imaginables o concebibles de la perversión a gran escala, del sacrificio de vidas humanas, de opresión oprobiosa de los pueblos estigmatizados, a los que estarían dispuestos a llegar algunos poderosos con tal de mantener su posición dominante en el tablero. Uno se siente culpable y morboso por pensar así pero, en realidad, ¿no es esa una clásica estrategia del predador humano?

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