Una imagen miente más que mil palabras

El supuesto “apagón informativo” ―según lo llama la BBC World― que ha afectado en los últimos días la cobertura de las protestas en Venezuela, está teniendo un efecto cascada hacia las redes sociales, a tal punto que se han transformado para los opositores venezolanos en el sustituto circunstancial de los medios de comunicación locales, especialmente la televisión.

Pero la misma BBC ―con una postura muy crítica del régimen venezolano― advierte que “es en las redes sociales, donde… el mensaje tiene la inmensa ventaja de no estar centralizado, implica el gran riesgo de que muchas veces no es verificado ni es verificable. La desinformación sigue servida”.

El mecanismo de búsqueda de noticias sobre las manifestaciones ha cambiado en menos de una semana y ahora está apareciendo un sector consumidor de noticias que, además de observador, se está convirtiendo en repetidor y productor de información, en muchos casos no verificada.

La actualización de perfiles en Facebook, en blogs y el tuiteo y retuiteo de lo que aparentemente ocurre, está generando un modelo que está lejos de ser información balanceada. Este bombardeo anárquico de datos fragmentados, muchas veces en tiempo real, está creando una nueva dinámica en la forma en que un sector de la sociedad (local e internacional) se está informando –o desinformando– acerca de lo que ocurre.

Paradójicamente, en un mundo cada vez más mediatizado –donde los acontecimientos pueden ser relatados casi minuto a minuto gracias a las redes sociales, las aplicaciones y las cámaras de fotos de los teléfonos móviles–, pareciera que la Verdad ya no tiene donde esconderse.

Esta paradoja existe porque cierto sustrato de sentido común –mas bien ingenuo– fomenta la noción de cierta justicia poética tardía, donde el ciudadano común sería capaz, finalmente, de vencer al poderoso y desbaratar conspiraciones enteras mediante el uso oportuno y valeroso de los dispositivos tecnológicos masivos. Esta noción romántica y poco realista de las llamadas “TICs” termina reproduciendo, en el imaginario colectivo, una fe desmedida en un Gran Hermano omnipotente e implacable y, por lo tanto, suspende la duda respecto de la información recibida, especialmente si se trata de una fotografía (presuntamente objetiva, imparcial) o de un “dato” proveniente “del corazón mismo de los acontecimientos”. 

Pero las cadenas de producción, distribución y consumo de la información (de las que las Redes Sociales forman una gran parte) están llenas de instancias intermedias, atravesadas por intereses, deseos y capitales desiguales.

Marcelino Bisbal, director de postgrado de la escuela de comunicación social de la Universidad Católica Andrés Bello, indicó al diario El Universal en Caracas que “las redes sociales son un mecanismo de flujo de información que es usable en estas ocasiones, pero hay que hacerlo con informantes confiables”.

En efecto, en estos días algunos usuarios están colgando fotos, videos, “datos” de las protestas, que son falsos, dado que reseñan protestas y concentraciones del pasado, información sin confirmar e incluso fotos y videos de manifestaciones que han ocurrido en otros países.

La foto que encabeza este posteo es de una manifestación en Egipto de diciembre de 2011; forma parte de una cadena, aparentemente “inconexa”, de desinformación, articulada a través de las redes sociales; aprovechando su instantaneidad y la credibilidad que inmediatamente se le imputa al usuario en tanto “ciudadano de a pie” (a quien se concibe como desinteresado y solidario por default).
Ahora bien, este tipo de operaciones no son nuevas: ya lo habíamos visto con el huracán Sandy en Nueva York, donde se habían trucado una serie de imágenes que se viralizaron rápidamente. Pero, en el caso de Nueva York, las Redes Sociales sirvieron de escenario para lo mejor de los elementos sociales: la solidaridad, la cadena de ciudadanos comunes que fueron héroes anónimos a través de gestos (como dejar un cargador de batería en un enchufe callejero, replicar pedidos de ayuda en las Redes, etcétera). En cambio, en el caso venezolano las Redes Sociales parecen el escenario donde salen a relucir las miserias humanas.
Y es que a veces, el impacto y la espectacularidad –o, en el caso venezolano, la interpelación a la indignación y otras emociones de gatillado rápido– le ganan a la veracidad y la puesta en contexto.

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