La importancia de comunicar bien

dolares

Los acontecimientos de los últimos días han impulsado a muchos a opinar, pero a algunos otros nos han hecho reflexionar.

Desde luego, este no es un blog de economía, es apenas una empresa privada que se dedica a asesorar a otros ―empresas, políticos y ONG― sobre cómo comunicar sus ideas, sus acciones y sus productos. Y nos focalizamos en las Redes Sociales no porque seamos unos tecnófilos irremediables sino porque allí concentran la mayor parte de su tiempo y atención los consumidores, los votantes y los voluntarios.

Podemos estar de acuerdo, en términos generales, en que el gobierno kirchnerista ―especialmente el cristinista― ha consolidado un estilo de comunicación distintivo y, diríamos, cuasi instintivo, en el sentido de que poco de lo que ella dice públicamente atraviesa instancias de revisión o consultoría profesional. Su larga trayectoria en el campo político, su carisma elocuente y la solidez general de sus ideas son los fundamentals de este estilo de comunicación que, lamentablemente, no puede transferirse o enseñarse. Esto quedó en evidencia durante los días en que la Presidenta tomó unos días de descanso en su residencia del sur y algunos de sus ministros se enredaron en una tragicomedia comunicacional que rozó lo inverosímil.

Pero lo que está sucediendo ahora mismo con la economía dista de ser tragicómico: es, por el contrario, un tema sensible y complejo. Desafortunadamente, las declaraciones del Gobierno son esporádicas e inconexas, y su contenido consiste, mayoritariamente, en declamaciones ideológicas y acusaciones ídem. No es momento de repartir culpas: estratégicamente, lo que conviene es plantear hacia adelante.

El kirchnerismo no ha establecido hasta el momento una cartera de emisores múltiples y claramente definidos; este es, en todo caso, un buen momento para demarcar la “jurisdicción enunciativa” de la Administración Pública y distanciarla de los discursos de corte más reflexivo –ya sea ideológico, proselitista, pedagógico o convencional (fechas patrias, actos institucionales, etcétera)–.

Desde aquí nos preguntamos qué pasaría si la Administración Pública saliera ahora mismo a comunicar claramente un Plan de Acción ofensivo que, a todos los fines prácticos, viene a lidiar con una catástrofe natural. Si, el tratar esta confusión económico-política como si fuera una inundación, un cataclismo o un terremoto, serviría para pensar en un plan de contingencia y contención de crisis, convocar un equipo de cuadros técnicos y especialistas para la ocasión, e informar a la población, paso a paso, del thought-process del Gobierno para salir de esta situación. Este Plan de Acción, desde luego, debería estar detallado en un documento extenso, explicado hasta el cansancio en los medios y debería, también –creemos– estar acompañado de un conjunto de medidas administrativas (resoluciones, decretos y proyectos de ley, iniciativas ciudadanas, etcétera).

Al mismo tiempo, podría ser altamente conducente que la primera plana del Gobierno nacional fuera fotografiada en una miríada de reuniones; si no con los distintos sectores de la sociedad (sindicatos, empresarios, opositores, líderes religiosos, etcétera), al menos en extensas e intensas reuniones de gabinete y con el equipo de técnicos especializados.

Sería una buena oportunidad, también, para que una figura importante y conocedora del tema saliese a dar una conferencia de prensa y/o alguna entrevista en la televisión, como puede ser el Vicepresidente Boudou, que es un eximio polemista. Por ejemplo.

En fin: esta estrategia no resuelve los problemas económicos pero sí puede ayudar a reducir los síntomas ―imprevisibilidad, expectativas, incertidumbre, confusión, miedo― y, de paso, dar menos margen a los agoreros a realizar afirmaciones o pronósticos descabellados. En efecto, los discursos desestabilizantes apuntan, en este momento, al estómago (la supervivencia), el hígado (el odio y el miedo) y el corazón (la Patria, la familia) del pueblo, y usan racionalizaciones para justificar estos sentimientos. El Gobierno debe tomar la vía contraria: apelar a la razón para detallar, paso a paso y con serenidad lógica, el plan y las medidas que piensa tomar, las ideas que se están barajando y las consultas que se están realizando ―si caben― para salir de este atolladero que, sin dudas, es mucho menos grave de lo que algunos nos quieren hacer creer.

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